¿Más allá del sujeto en Paul Ricœur?
Uno de los problemas, muy sugerente hoy en filosofía, trata sobre la subjetividad. Podríamos entender esto en términos de Foucault como el hombre. Sin embargo, “el hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya planteado el saber humano” (FOUCAULT 1978:375). De hecho, según Nietzsche, forma parte de una mentira o metáfora socialmente aceptada: “Todos esos hombres que no se conocen entre sí, creen en ese ser abstracto al que llaman ‘hombre’, que es precisamente sólo el resultado de aquellas opiniones personales, difusas y envolventes, que se desarrollan y viven con toda independencia de los individuo
s” (NIETZSCHE 1978:60). Estamos entonces dentro de que aquello que Vattimo llama “Crisis de la subjetividad” (VATTIMO 1991:115).
El filósofo francés Paul Ricœur (1913-2005), en el contexto descrito anteriormente, vuelve sobre el tema del sujeto con su obra publicada en 1990: “Sí mismo como otro”. Ahora, es necesario señalar aquí que la filosofía planteada por este autor surge a partir del diálogo que establece con las distintas corrientes de pensamiento. Es un estilo de pensar “polémico”, como el propio filósofo nos dice: “Si tengo tanto empeño en poner el acento sobre esta estructura polémica de las influencias que yo he sufrido a la vez que he elegido, es porque veo en ello el origen de un estilo que permaneció constante a lo largo de mi desarrollo: me encuentro siempre combatiendo en dos frentes o reconciliando adversarios recalcitrantes al diálogo” (RICŒUR 1991:27). Sin embargo, no contento con la propuesta de cada frente, por su actitud inquieta e inquietante, Ricœur busca su propio estilo, el de la “mediación incompleta entre posiciones rivales”.
Será en este contexto de mediación donde el filósofo francés retome el problema del sujeto. Pero no se trata de un retorno a lo mismo, un sujeto autosuficiente exaltado por la filosofías modernas del Cogito o del sujeto, que se funda a sí mismo y funda el mundo, ni es tampoco la dispersión de vivencias fragmentarias que es descubierta, como lo veíamos antes, como multiplicidad irreductible bajo o tras la retórica contemporánea de la “muerte del hombre”. El estilo reflexivo de Ricœur muestra más bien una subjetividad finita, que reconoce no tener en sí el centro y renuncia a toda ambición autofundante. Este es el problema, que ya había tocado en su “Tiempo y Narración”, de la identidad narrativa pero profundizando más en una “hermenéutica del sí”.
Por ello “Sí mismo como otro” nos acercará al concepto de una identidad o referencia personal, así como a las facetas de la creatividad y acción humana susceptible de ser atribuidas a un individuo mediante marcas identificadoras que se descubren a través de rodeos hermenéuticos sucesivos que van guiados por la pregunta “quién”. De este modo nos encontraremos con un “sujeto capaz” de hablar, actuar, contar su historia o narrarse, pero por sobre todo alguien que puede ser imputado y ser responsable a la vez. La “hermenéutica del sí”, por lo tanto, permitirá a Ricœur situarse más allá del sujeto moderno, exaltado (Descartes) o humillado (Nietzsche). Ahora, “en la meditación sobre el fuero interno culminaba el retorno de si a sí mismo. Pero el si no volvía sino al término de un vasto periplo. […] volvía ‘como otro’” (RICOEUR 1997:79).
Domingo Garcete
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El desliz o lo que está más allá del texto
El estructuralismo parte de la distinción que hace Ferdinand de Saussure entre lengua y palabra. Esta última es la expresión lingüística individual y concreta, el acontecimiento en el que expresamos y nos referimos a algo; la lengua, por el contrario, es un conjunto de reglas que tiene el carácter de una institución social, que limita lo que queremos decir al modo en que pueda ser dicho de forma que se entienda. En este sentido, se ha considerado a la lengua como superior a la palabra. Es entonces, el lenguaje una estructura cerrada, autónoma de dependencias internas entre los propios signos. El lenguaje que dice algo está definido por las posibilidades que le ofrece la lengua.
En este orden de cosas, también hemos de recordar que el neopositivismo ha limitado el lenguaje al sacar de ella todas las expresiones que no tengan sentido, que no se refieran más que a hechos u objetos que puedan ser comprobados, verificados. Así, logró precisar el lenguaje a una estructura formal. El lenguaje «se ve reducido a su función apofántica y descriptiva en aras de un lenguaje ‘más preciso, más unívoco, en una palabra más técnico, más apto a esas formalizaciones integrales que llamamos lógica simbólica’» (Rodríguez 1994:11).
En medio de estos delineamientos sobre el lenguaje, el occidental ha tomado el mundo como representable por medio de la imagen que se le aparece en la mente, en la conciencia. Estas abstracciones le permiten dominar el mundo, es más, ver que estas representaciones son el mundo. Ahora, definimos este mundo por medio del lenguaje. Emitimos juicios para expresar el mundo, para decir el mundo es este, o así es el mundo, la realidad. Aprehendemos el mundo en palabras. Esto es el mundo representado. Para no confundirnos, hemos de ajustar, precisar nuestro lenguaje, para no salirnos de este mundo, para que no digan de nosotros “loco” o “idiota”. Hemos de olvidar, para hablar del mundo y de la realidad, los sueños, metáforas, mitos y símbolos que no ayudan a captar la realidad, el mundo.
En consecuencia, se ha expandido la idea de que el sentido y la verdad de las cosas se dan en las operaciones mentales que normalmente se llama pensamiento o razón y que se expresa en un juicio, oración, una palabra. Esta palabra es sobre algo, decimos algo. Al hacer esta operación oponemos representación y lo representado de ese algo, o sea, significado y significante. Así, todo lo que decimos tiene un significado que puede ser hallado [y por tanto limitado] en un análisis o cálculo de juicios. Así, dentro de un texto, hay una estructura preestablecida, una estructura cerrada, unos sentidos ordenados de acuerdo a las prescripciones de la lengua. Entonces, hallando estas significaciones, hallaremos lo que dice el texto, o sea, que no hay equívoco en el texto. El texto ya está escrito y no dice nada más de lo que está escrito, de acuerdo al plan estructural que lo conforma.
Ante esta manera de entender el lenguaje es donde se planta la deconstrucción derridiana. Frente a esta forma cerrada de entender un texto, Derrida propone justamente atender aquellas formas olvidadas y que despiertan malos entendidos en el texto: metáforas, símbolos y signos, o sea, todo aquello que ha sido desechado del lenguaje por carecer de sentido, por no decir nada. Con la deconstrucción, entendemos que Derrida busca, recuperando el valor de las metáforas, por ejemplo, lo que está más allá del texto, lo que está más allá de ese conjunto ordenado de palabras, estructuradas a partir de un paradigma lingüístico. Esto es el desliz, «en el que se manifiesta que el significado del texto no es justamente el que se está proponiendo, sino otro» (Derrida 1994:4).
Entendemos que esta propuesta está dentro de la deconstrucción, donde vemos que la esencia misma del lenguaje es el desliz, o sea las ambigüedades y las metáforas que para muchos no son mas que fuentes de confusión y desentendimiento. Por ello «el valor de la verdad de un enunciado no está garantizado por la ligadura de éste a un sujeto emisor, el emisor y su mensaje están necesariamente distanciados por la propia esencia del lenguaje» (Derrida 1994:4).
Domingo Garcete
Don y solicitud
«El don desde la pequeña ética de Paul Ricœur»
Hablar de don, concepto sacro abrahámico y especialmente judeo-cristiano, en un mundo marcado por la globalización, el consumo, los servicios, los contratos y relaciones anónimas, los crímenes y violaciones de todo tipo, ¿no es una locura? Al parecer, no. Ya muchos vienen hablando de las nefastas consecuencias para la humanidad de estas estructuras abstractas, deshumanizantes y alienantes, entre ellos dos conocidos contemporáneos: Joseph Stiglitz (El malestar de la globalización, 2002) y Fernando Savater (Los siete pecados capitales, 2005). En ese contexto habría que recuperar, volver a hacer un rodeo por aquello que, desde mi punto de vista, sería una alternativa válida ante esos problemas que hoy nos azotan y flagelan: el don desde la ética que propone el filósofo francés Paul Ricœur(1913-2005). Dentro de esta pequeña ética, definida como «la intencionalidad de la ‘vida buena’ con y para otro en instituciones justas» (Ricœur 2006: 176), encontramos elementos como la estima de sí y la espontaneidad benévola que nos permiten recuperar una de las dimensiones fundamentales en el tratamiento del don: ¿desde dónde más podríamos abordar el don, si no desde las relaciones interpersonales, de amistad e intimidad y espontaneidad benévola? La complejidad del asunto nos lleva, en un primer momento, a analizar la situación de la subjetividad, pues el núcleo principal de las motivaciones de Ricœur parte del análisis del estatuto de la subjetividad en la época contemporánea (cf. Ricœur 1997:77). Sin embargo, es importante resaltar que el trabajo de Ricœur se desmarca de otros análisis de la subjetividad, por lo que será importante conocer, aunque someramente, el estilo de trabajar de este filósofo francés. Así, en un último momento, nos encontraremos con lo más jugoso del trabajo en general: la solicitud.
Domingo Garcete
¡Nunca más!
«Jornadas de Recuperación de la Memoria Histórica»
Del 10 al 17 de este mes se realizó las «Jornadas de Recuperación de la Memoria Histórica» en el mARTadero. Distintas actividades ensancharon este espacio de recuperación de la memoria: testimonios de victimas, exposición de libros y cuadros, talleres de arte para niños, jóvenes y adultos, lectura y relatos, presentación de grupos musicales y teatrales, proyección de películas, mesas redondas y conferencias. Acompañando este valioso e importante emprendimiento, queremos apuntar la necesidad y la importancia de la «recuperación de la memoria histórica».
El diccionario de la Real Academia española, en su vigésima segunda edición, nos presenta catorce definiciones directas y unas veinte definiciones compuestas de la palabra «memoria». Un razonamiento sencillo nos hace entender que es una palabra, tal vez, o muy importante o exageradamente equívoca: ¿Qué tan importante es la memoria?, o ¿la entendemos de muy diversas maneras? De alguna u otra forma, todas las definiciones que nos dan de memoria hacen referencia al fenómeno de la «retención» o «conservación». De hecho, la etimología nos demuestra que está relacionada con el «tener en la mente» y el «acordarse». Como sea, según la psicología estamos hablando de una capacidad de nuestra mente, de nuestra conciencia. Es más, nuestro aprendizaje está basado en aquello que hemos retenido, con aquello que recordamos, con aquello que nuestra mente o conciencia nos representa como «recuerdo», como una vivencia que permanece y es inmutable al paso del tiempo, de la historia. Sin embargo, evocamos la memoria no como un proceso psicológico, que forma parte del individuo, sino justamente por aquello al que está fuertemente ligado, el conocimiento o reconocimiento de eventos pasados en cuanto pasados. Eso que forma parte de la temporalidad e historicidad nuestra, del ser humano (memoria histórica).
Ahora, ¿para qué el «conocimiento o reconocimiento de eventos pasados en cuanto pasados»?, ¿a qué se debe que nos interesemos por la memoria?, ¿cuál es el fundamento o motivo que nos hace hablar de la memoria?, ¿acaso no nos basta con lo que nos dice la psicología y la pedagogía de esta capacidad mental? Al parecer, la memoria es un fenómeno irreductible a la pura descripción. No nos basta que nos digan de ella que funciona así, que nos permite esto, que nos hace aquello. No. Nuestra historia está marcada por acontecimientos terribles, por hechos trágicos, por situaciones de denigración y humillación humana, por maltratos, abusos y violaciones de todo tipo. En fin, por un gran sufrimiento de toda la humanidad. ¿O acaso esto no es parte de la historia, de nuestra temporalidad e historicidad? Perdonen si estoy hablando de algo que tal vez no ha entrado en el canon de la enseñanza, de la academia, pero a mí entender la historia trata también de los olvidados, de los vencidos, de los caídos, de los marginados y humillados, de los que fueron empujados hacia la cuneta y no solamente de los ganadores o vencedores (Walter Benjamin, 1892-1940). Hay crímenes que no deben olvidarse, hay víctimas cuyo sufrimiento pide menos venganza que narración, afirma el filósofo francés Paul Ricœur (1913-2005). Así, sólo la voluntad de no olvidar puede hace que estos crímenes no vuelvan ¡nunca más! A esto responde principalmente el interés por la memoria.
Domingo Garcete
Sócrates
Sócrates
“Sí mismo como otro”
La obra Sí mismo como otro, de Paul Ricœur, propone una ontología que trata de saber qué tipo de ser es el sí. Este fenómeno aparece en el análisis a través de cuatro niveles. Se manifiesta como ipse en lo lingüístico, práxico, narrativo y ético.
Manifestándose como ipseidad, le corresponde una ontología del acto y potencia. Es una identidad dinámica que se opone a la mismidad [estática]. Sin embargo esta identidad dinámica no se entiende sin la alteridad, sin el otro.
Para dar cuenta de ello Ricœur recurre a los “grandes géneros”: las metacategorías de lo mismo y lo otro. Lo otro se expresa en la pasividad del ipse, que se manifiesta en el sí actuante y sufriente, agente y paciente.
El tipo de certeza aquí es la atestación, apropiado para esta ontología. Esta es una especie de seguridad y confianza, es un “yo creo en”. Pero no es subjetivista, ya que la verdad se inscribe en atestación-testigo, de modo que es distinta de la verificación. Así que la atestación “no tiene la garantía de hipercerteza de un saber teórico autofundante”. Por esa vulnerabilidad queda a igual distancia del cogito exaltado y del cogito derrotado.
El cogito cartesiano es aporético: o es autofuntamento [Kant, Fichte, Husserl] o el fundamento es lo divino [Malebranche, Spinoza]. Por otro lado, Nietzsche critica al cogito por ser una ilusión. Esto es así, pues el lenguaje – vehículo de la filosofía – siempre es metafórico y las verdades son ilusiones, por ello, el cogito es una verdad ilusoria.
Entre estas posiciones se coloca la filosofía reflexiva de Paul Ricœur, con la confianza-creencia en la atestación, que es el vector de la vehemencia ontológica: la atestación tiene una intención ontológica que atraviesa el aparecer del fenómeno si.
El trabajo se desarrolla a partir del rodeo hermenéutico-fenomenológico por la filosofía analítica, aquí se van descubriendo enganches con el “sí mismo”: “la persona y el yo-locutor; la tercera persona y el quién de la acción; el personaje; finalmente, en el nivel ético, el sí de la imputación moral”. De modo que la aportación sobre el sí va aumentando de un nivel pobre a un nivel[1]más rico a medida que avanzan los análisis.
Nueva determinación del sí
Los estudios (primero a sexto) sobre la lingüística, la práxis y la narración habían contribuido a la determinación del sí. Sin embargo la última parte de Sí mismo como otro (estudios séptimo, octavo y noveno) en el que se hace un recorrido por la dialéctica del sí y del otro mediante la dialéctica de ética y moral, propone una nueva determinación del sí.
1. El sí y la imputabilidad
A partir de bueno y obligatorio, términos que concretan la ética y la moral, a la primera problemática del quién en el qué, por qué y cómo, que analiza las estructuras de la acción y del relato, se responde con la imputabilidad, término que señala la correlación entre la “estimación de los fines de la acción” y la “estima de un sí capaz de jerarquizar sus preferencias y de actuar con conocimiento de causa”. Así Ricoeur define la imputabilidad como “la adscripción de la acción a su agente, bajo la condición de los predicados éticos y morales que califican la acción como buena, justa, conforme al deber, hecha por deber, y finalmente, como más sensata en el caso de situaciones de conflicto”[2]. Imputar, en todo caso, sería atribuir una acción a alguien, en cuanto susceptible de ser juzgado culpable/no culpable.
2. El sí y la responsabilidad
En la segunda problemática general se trata de la relación conflictual entre mismidad e ipseidad, dos formas de abordar la identidad en el tiempo. Ahora lo que permite abordar la relación entre tiempo e identidad es la responsabilidad, que es el componente de la identidad que tiene relación con el tiempo, bajo la guisa de la permanencia en el tiempo, afirma Ricoeur.
2.1. La identidad y el futuro
Sin embargo, la relación entre temporalidad y responsabilidad se ve mejor desde el punto de vista del futuro, en donde la responsabilidad implica asumir las consecuencias de nuestros actos, o sea considerar ciertos acontecimientos futuros como representantes de sí mismo. Esto en el plano jurídico tiene una doble prioridad: en derecho civil en relación con la obligación de reparar los daños que se ha causado por su culpa y en derecho penal, con la obligación de asumir el castigo. También se vincula al plano moral, en cuanto que la responsabilidad tiene en cuenta las consecuencias de largo alcance de las decisiones del poder público y también de los ciudadanos en la época de la técnica. Es un imperativo categórico revolucionario en la que puede existir una culpabilidad sin ejecución.
2.2. La identidad y el pasado
En la noción de responsabilidad también está el pasado, en el sentido de deuda, o sea el pasado que asumimos sin que sea enteramente obra nuestra, de modo que ser responsables es “reconocer su propio ser en deuda respecto a quien ha hecho que uno sea lo que es”[3].
2.3. La identidad y el presente
En cuanto al presente, sentirse responsable ahora es ” aceptar ser considerado como el mismo que el que actuó ayer y actuará mañana”[4], el mantenimiento de sí, sólo es asumido por un sujeto moral que pide ser considerado como el mismo y no ese otro en que parece haberse convertido, según los puzzling cases. La identidad entonces no es “cualquier persistencia empírica”, sino la clave del fenómeno en el que imputar es “cargar a cuenta de”, que es la responsabilidad de las consecuencias y de responsabilidad de la deuda recapitulados en el presente.
3. El sí y el reconocimiento
En la tercera problemática general donde se trata la dialéctica del sí mismo y del otro Ricoeur escoge el término reconocimiento, que es una “estructura del sí que se refleja en el movimiento que lleva la estima de sí hacia la solicitud, y a esta hacia la justicia”[5]. La estima de sí es una figura de reconocimiento cuando la reciprocidad en la amistad y la igualdad en la justicia se reflejan en la conciencia de sí mismo.
Domingo Ariel Garcete Aguilar
http://domingoariel.py.gs
Notas
[1] Nivel lingüístico: estudios primero y segundo; pragmático: estudios tercero y cuarto; narrativo: quinto y sexto estudios, y ético: estudios siete, ocho y nueve. El estudio diez corresponde a la ontología que propone Ricoeur luego del rodeo hermenéutico del sí.
[2] SMO, p. 322
[3] Ib. p. 326
[4] Ib.
[5] Ib. p. 327
La promesas políticas
Versión para el pueblo
En nuestro partido político
cumplimos con lo que prometemos.
Sólo los imbéciles pueden creer que
no lucharemos contra la corrupción.
Porque si hay algo seguro para nosotros es que
la honestidad y la transparencia son fundamentales para alcanzar
nuestros ideales.
Demostraremos que es una gran estupidez creer que
las mafias seguirán formando parte del gobierno como en otros tiempos.
Aseguramos sin resquicio de duda que
la justicia social será el fin principal de nuestro mandato.
Pese a eso, todavía hay gente estúpida que piensa que
se pueda seguir gobernando con las artimañas de la vieja política
Cuando asumamos el poder, haremos lo imposible para que
se acaben las situaciones privilegiadas y el tráfico de influencias
No permitiremos de ningún modo que
nuestros niños mueran de hambre
Cumpliremos nuestros propósitos aunque
los recursos económicos se hayan agotado
ejerceremos el poder hasta que
Comprendan desde ahora que
Somos el Partido Popular, la “nueva política”.
Versión verdadera
La “nueva política”. Somos el Partido Popular. Comprendan desde ahora que
ejerceremos el poder hasta que
los recursos económicos se hayan agotado
Cumpliremos nuestros propósitos aunque
nuestros niños mueran de hambre
No permitiremos de ningún modo que se acaben las situaciones privilegiadas y el tráfico de influencias
Cuando asumamos el poder, haremos lo imposible para que se pueda seguir gobernando con las artimañas de la vieja política Pese a eso, todavía hay gente estúpida que piensa que la justicia social será el fin principal de nuestro mandato.
Aseguramos sin resquicio de duda que
las mafias seguirán formando parte del gobierno como en otros tiempos.
Demostraremos que es una gran estupidez creer que la honestidad y la transparencia son fundamentales para alcanzar
nuestros ideales. Porque si hay algo seguro para nosotros es que no lucharemos contra la corrupción. Sólo los imbéciles pueden creer que cumplimos con lo que prometemos. En nuestro partido político.
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