Identidad conflictiva
Del latín conflictus, hace referencia, según el diccionario de la RAE en su XXII ed., a varias acepciones: combate, lucha, pelea; enfrentamiento armado; apuro, situación desgraciada y de difícil salida; problema, cuestión, materia de discusión; y coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo, capaces de generar angustia y trastornos neuróticos. En fin, la experiencia del conflicto es la pelea entre dos posiciones, entre dos ideas, entre dos personas. En el fondo, hay una contienda de posiciones dispares. Y creo que esto es lo que nos caracteriza a los seres humanos. Podemos encontrarnos en el mundo con diferentes posiciones, con diferentes formas de concebir una cosa, con diversos pensamientos e ideas con respecto a Dios, al origen de la vida, del universo, etc. Es nuestro mundo el conflicto, porque las ideas son diversas layas, las emociones y los sentimientos inabarcables. Encontramos así un rasgo de nuestra identidad, el conflicto.
Pero, ¿en dónde radica ella?
Uno de los grandes dramaturgos de la antigua Grecia, Sófocles, ha inmortalizado el conflicto en su obra Antígona. Era esta, una joven ciudadana griega que se vio envuelta en una situación bastante difícil, al igual que Creonte, el rey. Paul Ricœur analiza esta misma obra, guiado por Hegel, para mostrar cómo lo ético es instruido insólitamente por lo trágico [1]. Sin embargo, nuestras acciones, como lo atestigua la Antígona, a pesar de que sean muy nuestras, están guiadas por “grandezas espirituales” que nos sobrepasan y que están muy relacionados con “energías arcaicas y míticas”. De aquí el conflicto: haciendo caso al vínculo fraternal y las costumbres, Antígona quiere dar a su hermano una sepultura merecida, pero se enfrenta a un mandato político que ignora el lazo de la hermana con el hermano: “todos los ciudadanos están sometidos a las leyes (de la ciudad), por lo que el vínculo familiar queda subordinado a los intereses de la ciudad”.
Para Ricœur es muy claro el conflicto entere philos y ekhthros que en una lectura superficial se descubre. Sin embargo lo que no se ve fácilmente es que cualquier acción no es fácil, en el sentido que para “hacer algo” hay que tomar una determinación, hay que elegir y discernir. Cosa que la ética aristotélica lo deja en una “simple modalidad de la elección” y la deontología kantiana, en una simple deliberación. Es que la pasión que impulsa a cada uno a actuar como lo hace tiene un “fondo tenebroso de motivaciones” y por ello no puede ser fácilmente arreglado. Al abordar las pasiones como el motor de nuestras acciones, Ricœur accede a un elemento de la configuración narrativa y que está en la refiguración o mímesis de TN, la catharsis por la cual los secretos de la acción (ese fondo tenebroso de motivaciones) son purificados o liberados. Así que la pasión, que domina la acción, es “condición de cualquier instrucción propiamente ética”. El conflicto surgido entre seguir esta pasión o aquella está en el fondo de toda nuestra acción, de toda nuestra vida, “permanece imborrable” y es el “fondo agonístico de la prueba humana”. Nuestra existencia es conflictiva: se enfrentan hombres y mujeres, jóvenes y viejos, individuo y sociedad, el ser humano y los dioses, derecha e izquierda, oficialismo y oposición, materialismo y espiritualismo, etc.
Sin embargo, ¿cómo es posible que las situaciones conflictivas guíen nuestro “hacer” o la sabiduría práctica?
Hay un punto que toca Hegel al analizar la Antígona y que es la “estrechez de perspectiva del compromiso de cada uno de los personajes”. Ricœur toma este punto y ve en cada uno de los protagonistas “una estrategia de prevención respecto a los conflictos internos a sus causas respectivas”, es aquí donde realmente la sabiduría trágica orienta la sabiduría práctica o ética, nuestras acciones.
Creonte, con su punto de vista (o estrechez de perspectiva), como político, “no tiene en cuenta la variedad y la heterogeneidad de las tareas de la ciudad”, para él “sólo está bien lo que sirve a la ciudad, mal, lo que la perjudica”. Claro, como el rey de esa ciudad había muerto (Edipo), quedaron como sucesores sus hijos Eteocles y Polineces, los cuales mantuvieron una lucha por el trono. El resultado fue la muerte de ambos contendientes, quedándose el trono en manos de Creonte, quien condenó a Polinices por ser un traidor (o un ser perjudicial) de la ciudad. A causa de esta versión empobrecida y simplificada de su propia ciudad, obtiene su perdición (suicidio de su hijo, Hermón) [2]
También Antígona resuelve la cuestión entre philos y ekhthros desde la estrechez de su visión, al igual que Creonte. Para ella “sólo cuenta el vinculo familiar” o sea la fraternidad, olvidando a Hermón, su amado. Por ello dice Ricœur que ese vínculo se encuentra privado de eros. Así que “sólo el pariente muerto es philos”, quedando las leyes de la ciudad despojadas de su aureola sagrada.
Así estamos ante “dos visiones parciales y unívocas de la justicia”, por un lado Antígona, y por otro, Creonte. Ambos aferrados a su punto de vista, chocan, entran en conflicto. Pero a pesar de que los dos se cierren sobre sus “pasiones” no permitiéndoles ver más allá, sentimos cierta simpatía por Antígona. Y Ricœur cree que esto es así porque en el vínculo entre vivos y muertos está el límite de lo político. Antígona ha amoldado su exigencia fúnebre a leyes no escritas (al mandato de su corazón, que es una convicción que la mueve [3]), así ha establecido el límite que revela el carácter humano de cualquier institución (convicciones fundamentadas en “leyes no escritas”). La “instrucción” de lo ético por lo trágico procede de este límite. La tragedia no nos enseña como la pedagogía, sino que permite “una conversión de la mirada”, “una llamada a deliberar bien”, a “pensar lo justo”. Podemos decir, “a tener en cuenta a otros”, a no ser “idiotas” [4]. Y es por ello que “tarde” aprendemos.
Aún así, la enseñanza trágica no es el equivalente de una instrucción moral. Ya que los conflictos “ficticios” son intratables, no negociables. La tragedia no aporta una “solución a los conflictos que genera y que son irresolubles”, pero permite al hombre de la praxis a reorientar su acción (llamada a deliberar bien), por su cuenta y riesgo (esto es la respuesta de la sabiduría práctica en situación ante la sabiduría trágica). La experiencia trágica desencadena la catharsis, pero al quedar en manos de cada uno “reorientar su acción”, la tragedia da pie o permite la convicción. Sería esto un fracaso del consejo directo, pero Ricoeur insiste en que la catharsis “abre camino a la convicción” por la conversión de mirada, por la llamada a deliberar bien.
Aquí es donde Ricoeur se separa de Hegel. En este pensador el conflicto se resuelve a través de lo absoluto. “Para que los poderes éticos a los que los protagonistas sirven subsistan juntos, deben pagar un precio absoluto: la desaparición de su existencia particular. Así Hegel da una solución teórica al conflicto a través de la “tiranía de una razón totalitaria”. Sin embargo Ricoeur tiene en cuenta los conflictos que la moralidad suscita en el nivel mismo de los poderes espirituales que mueven a las personas a actuar. Para Hegel lo único trágico, lo conflictivo surge de la unilateralidad de los caracteres (visión, perspectiva), mientras que para Ricoeur, se levantan en el camino que conduce de la regla al juicio moral en situación. Por lo tanto, no es solamente la unilateralidad de los caracteres, sino incluso la de los principios morales confrontados con la complejidad de la vida, los que permiten el conflicto. Y así, los conflictos suscitados por la moralidad, pueden ser atendidos desde un recurso ético: la sabiduría del juicio en situación.
A través de la tragedia hemos accedido al núcleo de nuestras acciones. Este género narrativo nos coloca ante “lo trágico de nuestras acciones, nos muestra cuán problemático somos, no nos resuelve nuestros asuntos, pero nos da una lección de vida tarde o temprano. Así que nos enfrentamos a un punto del que todos, sin importar quién, partimos o llegamos: “a pensar bien”, a “deliberar” para actuar. Y vemos que esto no es fácil por las motivaciones que existen, por las exigencias que nos condicionan, por nuestra estrechez de visión, por la complejidad de la vida. Es conflictivo nuestro mundo, las personas somos conflictivas y de ello no nos libraremos, más debemos tratar de convivir con ella, buscar estrategias que nos permitan “ampliar nuestra visión” para una práctica acertada.
Domingo Ariel Garcete Aguilar
http://www.domingoariel.py.gs
Bibliografía
- Ricœur, P. Sí mismo como otro [SMO]. Madrid: Siglo XXI, 1996, 415 p.
- __________. Autobiografía intelectual [AI]. Buenos Aires: Nueva Visión, 1997, 123 p.
- __________. Tiempo y Narración I [TN]. México: Siglo Veintiuno Editores, 1995, 371 p.
- __________. Tiempo y Narración II. México: Siglo Veintiuno Editores, 1995, 256 p.
- __________. Tiempo y Narración III. México: Siglo Veintiuno Editores, 1996, 447 p.
- Sófocles. Antígona. Barcelona: Alma Mater, 1965
- Real Academia Española. Diccionario de la lengua española XXII. [CD Rom].
Notas
[1]SMO, p. 262
[2]No se si Ricœur obtuvo su perdición por alguna “estrechez visión”, pero lo cierto es que su cuarto hijo se ha suicidado. A este momento “trágico de su vida” lo llama el “Viernes Santo de la vida y del pensamiento” (AI, p. 81)
[3]Una frase célebre dice al respecto: “A donde el corazón se inclina, el pie camina”.
[4]Recuérdese que idiota es “el que anda sólo con sus cosas” y por lo tanto es “ignorante” de otros, de filosofía y de política. Un término parecido en guaraní (Paraguay) es mboriahu, que es “aquel que está solo con sus cosas”. Esa persona tiene una especie de maldición o embrujo (paje) que hace que sólo “piense en sí mismo” y por lo tanto no sabe (es ignorante) del otro, de la comunidad.